Walking wounded
Hay días en que me siento bien, incluso fuerte. Algo dentro mí me dice que no necesito a nadie, que soy el dueño de mi propia felicidad, y paseo por las calles de Madrid con la sonrisa en la boca y una estúpida sensación de libertad.
Otros, en cambio, el castillo de naipes marcados de mi propia fortaleza se deshace en un abanico de escarcha y me entran ganas de gritar hasta partirme la voz y quedarme dormido, exhausto. Y es que, aunque intenté ignorarlo, voy dejando un rastro de gotas de sangre sobre la nieve virgen y, de todos los abrazos, el tuyo es el que más duele.
Pero a la vida nada le importan estas pequeñeces, y sigue adelante con su bulldozer.
Y en medio de todo esto me encuentro yo, intentando poner orden en una madeja de sentimientos. Cuerdas y nudos de colores dispares, acertijos sin solución y callejones sin salida aparente. 

