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Hace escasos días llegó esa fecha aciaga del calendario. Y no, no tiene nada que ver con unas torres nacidas del mismo óvulo, no. Es mi puñetero feliz cumpleaños.

No es que me fastidie lo de añadir un tanto al contador de la edad, es que a mí lo de celebrar fechas señaladas me trae por la calle de la amargura. Dame una fiesta cualquiera, con cualquier excusa absurda, y me lo pasaré bomba y seré feliz como un niño pequeño hasta el culo de gin tonics. Ahora, si me metes en un acto social, con sus reglas, sus felicitaciones, sus besos al aire y demás sandeces, probablemente aproveche la menor oportunidad para salir por patas.

Y precisamente eso hice tras engullir sushi en compañía de mi familia, salir por patas dirección "la noche de Madrid" en compañía de Jose y Patricia.

Unos cuantos rones más tarde, los tres bailábamos en un pequeño garito lleno de gente que parecía desconocer que el viernes es laborable. La gente pasaba a tu lado mirándote descaradamente, alguno se atrevía a dirigirte la palabra, a decirte algún cumplido, lo que tenía la feliz consecuencia de dejarme en un estado de shock de timidez que me hacía parecer un borde superlativo.

Entonces le vi: moreno, alto y oscuro; brazos y reminiscencia de una forma de mirar. El hecho de que su amigo fuese el alma de la fiesta, hablando con todo el mundo con un don de gentes de espanto, mientras que él, introvertido, se mantenía en un segundo plano, le hacía más interesante.

Un rato después, mientras amanecía, él se iba con el gogo del local, en barquillo, una pareja se abrazaba como si fuese la última vez y yo me abrochaba la chaqueta y echaba a andar hacia mi casa, sabiendo que en unos minutos tendría que ir a trabajar.



Lo bueno de la vida contada es que hay un hilo conductor –comienzo, nudo, desenlace– y da la ilusión de que detrás de unos cuantos hechos aislados existe un sentido.

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