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Octubre 10, 2006

Un restaurante madrileño se niega a celebrar el banquete de una boda entre dos hombres.

Mucha perorata se está oyendo estos días sobre el derecho de admisión, tanto que parece que sea más bien el derecho a la vida o a la tutela judicial efectiva. Y claro que un restaurante puede, en base a la libertad de empresa, decidir como gestionar su negocio (yo nunca jamás haría bodorrios, que son una horterada, por ejemplo), pero con ciertos límites, como ocurre con todo derecho.

Así por ejemplo, podría decidir no celebrar banquetes de boda, no abrir los martes de los años bisiestos, fijar sus propios precios o sólo servir lubina. Pero no podría decidir no celebrar banquetes de enlaces judíos, no abrir los martes de los años bisiestos a las mujeres, fijar precios distintos para los negros o sólo servir lubina a los españoles.

Detrás de esto está la ya trillada doctrina alemana de la eficacia de los derechos fundamentales entre particulares, Drittwirkung der Grundrechte. No obstante en este caso, no es ni siquiera necesario acudir a ella, porque lo que discute es la eficacia directa, nunca la indirecta, y aquí no es el artículo 14 de la Constitución el que pretendemos esgrimir contra el restaurante en cuestión, sino una Ordenanza Municipal que contempla como infracción en materia de consumo la negativa discriminatoria a la prestación de servicios comerciales.


Dicho todo esto, me voy a permitir un par de palabras a los novios: ¿Un restaurante donde los camareros, entre plato y plato, amenizan la velada con la traviatta y demás óperas? Ya os vale, machos. Ya os vale.

Octubre 06, 2006

Fin de semana fastuoso (que es una palabra que usan mucho las modernas últimamente y uno, aunque no es moderno, es muy leído) donde los haya.

El viernes conseguí el raro logro de organizar una fiesta de cumpleaños y que, pese a dejarme plantado la mitad de los invitados, no saliese mal del todo. Eso sí, si por "no mal del todo" entendemos que un servidor terminase chuzo perdido durmiendo la mona en calzoncillos encima del edredón a tan sólo las 2 de la mañana. La ginebra en ayunas no vale como cena, por mucho que se empeñe la reina madre.

A la mañana siguiente no es que tuviese lagunas, aquello era el océano pacífico. Poco a poco diversas llamadas de teléfono me obligaron a recordar, y entonces deseé una de dos: la memoria de un pececillo de colores o la falta de vergüenza de Anita Obregón. Espero impaciente a ver que es lo primero que me traen los reyes magos.

El sábado empezó con una agradable invitación a comida china a domicilio (ajeno). Continuó de bares de forma dual: yo, abstemio perdido, en fase nunca mais; mi anfitrión, contento por momentos a medida que aumentaba el porcentaje de líquido en su organismo. Y el desenlace, tras unírsenos un tercero en discordia, acabó haciendo el chorra hasta las tantas de la mañana en una discoteca en la que pude disfrutar viendo una a una todas las fases de la borrachera. Para muestra un botón: en la de la exaltación de la amistad éramos las embrujadas (ejem... cuando me llegará la desvergüenza de la Obregón que pedí). Yo era Phoebe. Por el poder de tres. Ejem de nuevo.

Nota del Autor: recordadme que nunca, NUNCA, vuelva a montar en coche con Piper. Velocidad absurda, no gracias.

...

¿Que por qué os cuento todas estas chorradas un viernes a esta hora? Porque tengo internet ya más trillada que Oriente Medio en busca de Bin Laden, y me queda todavía cosa de media hora para salir de currar. Por eso.

Octubre 04, 2006

Tengo debilidad por las canciones de alegres estribillos que esconden cargas de profundidad y bombas de hidrógeno.

Igual que la violencia y la muerte resultan más sobrecogedoras cuando se ambientan con un delicado allegro, la música pop intranscendente que podría hacer las veces de jingle en un anuncio de esos en que todos son jóvenes y guapos es especialmente apta como vehículo del dolor.

Sí, corre el riesgo, si no escuchas atentamente la letra, de pasar desapercibida como una alegre sintonía más. Pero cuando entre "Fas", "Dos" y "Mis" una de esas palabras musicales da en la diana de tu comprensión, el efecto sobre el corazón es como el de un tanque de dinamita en un edificio a demoler.

Y así, se te parte el alma cuando La Casa Azul canta que "algún día entenderás que lo di todo por ti, toda mi ilusión, todo mi querer, mis secretos se van con tu tren".

Cuando Saint Etienne entre alegres "a small cafe across the street, I heard you meet there every week. Got your favorite necklace on, how could you tell it's all for nothing?" detiene un instante la melodía y susurra:

He looked away, pretending not to see her. She tried to say something, but nothing came out right. He's lost the best thing. One day it will hit him. One day...