De mamas y mezclas
El mundo está como una regadera.
Cuando uno creía que la cosa no podía ir a más, van los egipcios y te dictan una ley por la que un hombre y una mujer no pueden estar juntos en la misma habitación a no ser que ésta haya amamantado al hombre en al menos, ojo al dato, cinco ocasiones. Más de uno se va a poner ciego, digo yo.
Pero claro, Israel, incapaz de soportar la humillación de ser la segundona hermana fea, no podía cejar en su denodada carrera por ser la indiscutible potencia mundial del absurdo, así que, acto seguido, puso toda su inteligencia al servicio de la causa. Los resultados no se hicieron esperar. Ayer, Zara se disculpaba ante los judíos ortodoxos por mezclar lino y algodón en una prenda, mixtura prohibida por el judaísmo por ser un "híbrido" que va contra natura. Al parecer, de la misma forma que la ley judía prohíbe el acoplamiento entre animales de distinta raza y hasta crear nuevas especies de frutas, la misma disposición debe ser aplicada para las plantas. That you shit yourself little parrot.
No sé vosotros, pero yo vivo sin vivir en mí. Como medio para expiar mi culpa híbrida, voy a comentaros esta bucólica estampa pastoril que tanta desazón (que rayos querrá decir desazón) me causa:

La escena ilustra un conocido pasaje del Apocalipsis de San Juan en el que la prostituta de Babilonia se pone ciega a torrijas. La prostituta de Babilonia se halla representada por los trajes típicos madrileños, a los que el autor ha conseguido dotar de unas sobrenaturales calidades y híbridas texturas, lo que de nuevo parece indicar, sin ningún género de dudas, que los que portan los trajes son bien el anticristo, bien la reencarnación de Ana Nicole Smith. Las torrijas en este caso están elípticas en la composición, lo que hace alusión a que la prostituta de Babilonia, rábano en mano, pone a Dios por testigo de que jamás volverá a pasar hambre.
Otros críticos han creído ver en esta obra una alegoría a la historia mitológica de Saturno devorando a sus hijos. Saturno, dios del tiempo, se hallaría en este caso representado por los trajes demodés, al tiempo que sus hijos serían las rosquillas, que obviamente son su progenie porque se trata de rosquillas tontas. El tema del tempus fugit, el tiempo vuela (y esperemos que no vuelva jamás), preside toda esta escena.
Independientemente de qué interpretación consideremos acertada, es innegable que nos hallamos ante una de las obras cumbre del movimiento dadaista. El inteligente claroscuro que sitúa a las dos figuras principales entre las tinieblas de las que nunca debieron salir, el sublime escorzo que supongo habrá en algún lado, el barroquismo de la composición y el patetismo tierno y sereno de los elocuentes gestos de las dos figuras principales así lo testifican.
Agur!
