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Junio 15, 2007

O al menos eso es lo que decía Sartre. Claro que es mucho más fácil estar de acuerdo cuando los demás son el compañero de trabajo del que me protege una mampara cuando se pone en plan berzerker ultracatólico e intenta salvarnos a todos de la perdición. "Ten cuidado, mucho cuidado, no sea que al rechazar la cruz estés rechazando la tabla de tu salvación" – dice.

Habla de la "tabla de tu salvación" como quien habla de un flotador con forma de jirafa al que te abrazas para no ahogarte, toda una revelación que ha confirmado mi convicción de que la perdición es líquida y, como consecuencia directa, ha aumentado mi atracción por la ginebra.

El problema es que la perdición ya no es lo que era. Ya no hay jueves canallas en los que pasar directamente de la perdición gin tonic a la de ser un naufrago laboral al día siguiente. Ya no hay intercambio de fluidos que sean más que una transacción esporádica. Ya no fluye la bilis, la adrenalina y la sangre como antes.

O tal vez soy yo el que no soy lo que era.

No, no. Seguro que no soy yo. Son los demás. El infierno son los demás.

Junio 07, 2007

Las memorias son animalillos curiosos. Uno se cree que viven entre montañas de recuerdos barnizadas de polvo, que sólo asoman sus naricillas cuando el silencio facilita la introspección y que viven ancladas en un tiempo pasado cualquiera que siempre es mejor.

Pero no es así. La memoria es una visionaria, una alimaña adelantada a su tiempo. De hecho, la memoria, ese mamífero roedor de suave pelaje, tiene bajo sus órdenes el control remoto de la imaginación. Desde su torre de marfil en el hipocampo, la memoria construye el futuro: nuestros sueños de amor se construyen con los jirones de nuestros amores pasados. Cuando soñamos, en realidad recordamos.

Pasado y futuro son al fin y al cabo la misma cosa en nuestra mente.

Y de ahí algo que hace algún tiempo leí en alguna parte:

No existirá el año 2100. Te he besado y en ese momento ha comenzado la eternidad.