El infierno son los demás
O al menos eso es lo que decía Sartre. Claro que es mucho más fácil estar de acuerdo cuando los demás son el compañero de trabajo del que me protege una mampara cuando se pone en plan berzerker ultracatólico e intenta salvarnos a todos de la perdición. "Ten cuidado, mucho cuidado, no sea que al rechazar la cruz estés rechazando la tabla de tu salvación" – dice.
Habla de la "tabla de tu salvación" como quien habla de un flotador con forma de jirafa al que te abrazas para no ahogarte, toda una revelación que ha confirmado mi convicción de que la perdición es líquida y, como consecuencia directa, ha aumentado mi atracción por la ginebra.
El problema es que la perdición ya no es lo que era. Ya no hay jueves canallas en los que pasar directamente de la perdición gin tonic a la de ser un naufrago laboral al día siguiente. Ya no hay intercambio de fluidos que sean más que una transacción esporádica. Ya no fluye la bilis, la adrenalina y la sangre como antes.
O tal vez soy yo el que no soy lo que era.
No, no. Seguro que no soy yo. Son los demás. El infierno son los demás.
