Luces, música, ficción
Un fin de semana diferente, en el que cambio el escenario de los bares de mala muerte de Chueca por el del inhóspito pedregal en el que, bien se viene celebrando los dos últimos años el Summercase, bien se deshace la mafia rusa de sus cadáveres, no lo tengo muy claro.
Acompañado por insignes camilleros, botamos con Beth Ditto standing in the way of control, jugamos a la botella y a beso, atrevimiento o verdad en el microclima en un arrebato adolescente, me emocioné con Phoenix y su If I ever feel better, descubrí lo que son unas tetas mainstream y bailé con un poseso al ritmo marcado por Jake Shears y Ana Matronic.
El domingo, tras acudir al rescate de un llamada de emergencia, me fui al cine con Yala a ver Harry Potter. Vale, vale, no será el culmen de la intelectualidad, ni es una versión original finlandesa de planos fijos de una naturaleza muerta, pero leñe, disfruté como un crío.
Me encanta la ficción, me da igual que se trate de un mago miope adolescente, de una cazavampiros rubia ex-animadora, de una espia de élite, o de un grupo de amas de casa que demuestran que el mal, a veces, conduce un monovolumen.
Me gustó especialmente que pese a que el tratamiento de la magia en HP es a priori un poco infantil: palabras mágicas y movimientos de varita – Alojomora! Crucio! Expelliarmus! –, deja en pañales a las pánfilas de las embrujadas 90210. Basta con recordar la escena en que Harry enseña a su troupe a invocar a un patronus: dejar que el recuerdo del momento más feliz de tu vida te llene.
¿En que estarías pensando vosotros mientras vuestra boca pronuncia expecto patronum?
