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Noviembre 22, 2007

Pues sí, soy lo peor. Igual que Obelix, que se cayó en la marmita de cachorro, o Anita Obregón, que llegó tarde a la cola el día que la divina providencia repartió la vergüenza, yo, Syal, tengo las habilidades sociales necesarias para la vida de todo gay metropolitano de un berberecho del cantábrico adulto.

Y mira que lo intento, eh? Por ejemplo, ayer en el gimnasio. Hice acopio de valor y casi, casi, me atrevo a decir hola al H.O.M.B.R.E. que me lleva mirando cosa mala las últimas tras eras geológicas con una mirada penetrante que ya querría black & decker para sus anuncios de taladrados. Pero siempre es casi casi. Y claro, "hola" tiene taaaaantos fonemas!

Eso sí, ganas no me faltan, vamos, que soy inasequible al desaliento. Hoy he hecho un intento de acercamiento que ha sido a los idem, lo que "Il divo" a la ópera clásica. En estas situaciones tengo la naturalidad, charme, y saber estar de un boniato. Maduro.

En fin, que me han dado mi cartilla de notas gayer y he sacado un "muy defi" en ligue gimnastero. ¿Hay esperanza para mí? ¿Y para brizni? ¿Y cómo cojones es un boniato?

Noviembre 15, 2007

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PD: Sí, soy odioso :-P

Noviembre 01, 2007

La cafetería, blanca, inmaculada, estaba salpicada de pequeños grupos de gente que sorbían sus smoothies de frutas exóticas y comentaban su última escapada a Ibiza. Un par de grupos de chicos jóvenes, vestidos intentando parecerlo aun más, esperaban ansiosos una mesa en la que abonar dos euros por un café.

El chico de la camiseta roja se removió en su silla de diseño, suspiró, una vez más, y se miró las manos que se apretaban rítmicamente una contra otra en un gesto de impaciencia. Miró de nuevo su reloj cromado. Todavía eran las siete y veintisiete. Siempre le hacía esperar. Pero a él no le importaba. No una vez veía su sonrisa desbordante de seguridad y cualquier intención de recriminarle se disolvía como una nube de leche en el café.

No había acabado de levantar la mirada de su reloj de muñeca cuando vio aparecer a Jorge por la puerta del local. Tenía un aspecto impecable, como siempre. Una multitud de cabezas se giraron hacia la puerta. Algo en él hacía que su presencia se sintiese.

Se dirigió hacia la mesa del chico de la camiseta roja con pasos largos y rápidos.

– Hey, ¿qué tal estás, niño? – Dijo Jorge mientras daba un par de besos al chico de la camiseta roja, y se sentó con las piernas abiertas. – Qué de gente hay hoy, ¿no? – Dijo mirando alrededor con una media sonrisa de autocomplacencia. Apoyó los codos sobre la mesa y sus brazos parecieron aún más rotundos.

– Bueno, cuéntame, ¿qué era eso que querías hablar conmigo? Espero que no sea otra vez cosa del capullo éste, ¿no?

– Pues sí, tío. Ya lo sabes. ¿Cuándo no lo es? No consigo olvidarle. Y mira que lo intento, ¿eh? He conocido multitud de tíos desde que lo dejamos, pero ninguno es como él. Ninguno es él.

– Tú eres tonto. No, no me mires así con esa carita de perro abandonado, eres tonto. Con todas las letras. T-O-N-T-O: tonto. Tienes que olvidarte de una vez de ese capullo. ¿Cuánto ha pasado ya? ¿Tres semanas? Eso ya es historia antigua. De verdad, no sé porqué pierdes el tiempo pensando en ese tío. Deberías hacer como yo. ¿Cuándo me has visto a mí perdiendo el tiempo pensando en el pasado. ¿Qué eres? ¿Una vaca que tiene que jugar al ping-pong con sus cuatro estómagos para poder digerir cada bocadito indigesto? Si se terminó, es por algo, Diego. Suelta ese lastre de una puñetera vez.

– No seas tan duro conmigo, Jorge. Vale que si no está conmigo es porque no quiere. No hay excusas... Pero sí que hay señales. Por ejemplo, el otro día... – Jorge le interrumpió en seco antes de que pudiese terminar la frase.

– ¡Déjate de señales! Piensas tanto las cosas que llega un momento en que cualquier parecido entre lo que hay en tu cabeza y la realidad es pura coincidencia. Ese es tu problema, sobreinterpretas más que los actores de escenas de matrimonio. Cocinas demasiado lo que piensas, las ideas no son para darlas vueltas en un microondas como si fuesen palomitas. Los sentimientos no son cemento en una hormigonera que haya que mantener en movimiento para que no se vuelvan duros como una piedra.

– Ya... Sí tienes razón. Pero no puedo evitar pensar en él. Todos los días. Nunca había sentido algo así por nadie, y el día en que finalmente desista... No, el día en que finalmente me sienta desistir, ese erá el día en que sí que se habrá acabado todo.

– Sabés, – dijo Jorge, mientras la sombra de un recuerdo nublaba su mirada antes despreocupada y por un momento aparentaba tener la edad de su partida de nacimiento – una vez, hace ya mucho tiempo, yo también me enamoré. Ya casi no lo recuerdo... No, lo recuerdo si fuese lo único que me he vivido.

– ¿Estás de coña? ¿Tú? ¡Los pilares del mundo occidental se derrumban! – dijo Diego como si Jorge acabase de hacer un chiste genial.

Jorge no se rió y se le quedó mirando con los ojos muy abiertos, las cejas semilevantadas y los labios apretados el uno contra el otro.

– Vaya, lo dices en serio. Perdona, no tenía ni idea. Si quieres contármelo, sabes que estoy aquí para lo que quieras. En fin, parece que te afectó bastante...

– Aha, puede... – agitó la cabeza como un perro que ahuyenta una mosca posada en su oreja, y su mirada recuperó la misma nitidez azul y juvenil de siempre. – ¿Te he contado lo que me pasó anoche? ¡No te lo vas a creer...! – Y su voz se perdió en el bullicio del local.