"Lafortunafavorecealosaudaceslafortunafavorecealosaudaceslafortunafavorecealosaudaces" me repito a mi mismo como un mantra mientras trato de encontrar el valor, la inconsciencia, tal vez, para emprender la misión que se presenta ante mí:
Nombre clave de la misión: Zorra del desierto (ya, no tiene nada que ver, pero me puede un buen nombre).
Code name del agente: Lame moose.
Objetivo: Hacer la compra en el Corte Inglés de Callao y regresar sano y salvo a casa.
Obstáculo: Un enemigo terrible que no conoce la compasión.
¿Y cual es ese enemigo? La Estrella de la muerte? Un batallón de zombies descerebrados? El ejercito rojo? Mariah Carey embutida en un vestido ajustado?
No.
La Navidad.
La jodida Navidad.
De hecho, bien pensado también es un batallón de zombies. Zombies del consumo que deambulan a paso de taca-taca por la Gran Vía, cargados de bolsas de Za-ngo o de Hache-y-bear. Huestes que se mueven gracias a las artes nigrománticas de Cofidís y rezuman fluidos corporales en descomposición hipotecaria. Hordas madrileñas que han hecho de no beber en estas fechas tan entrañables ni una gota de cava Catalá su promesa de año nuevo, fun, fun, fun.
Pero el desprecio de Syal por la vida, más o menos similar al que profesa por Sandra Bullock, le lleva a adentrarse en la marabunta. Cual avezado esquiador, se abre camino entre la turba a golpe de slalom, como un cuchillo caliente se desliza entre la mantequilla.
– ¡Objetivo estratégico namber guan alcanzado! – musito a lo que parece un anodino reloj de pulsera, acercándome la muñeca a los labios.
– Roger that, lame moose. – responde el anodino reloj de pulsera.
Tratando que mi ropa de camuflaje pase desapercibida, a lo que ayuda el hecho de que el centro comercial esté inundado de gays que hacen su compra hiperprotéica a la salida del gimnasio, me deslizo hasta el supermercado intentando actuar con naturalidad. Parapetado tras la góndola de congelados voy, poco a poco, para no despertar sospechas, llenando mi cesta de productos nonavideños. Un caja de turrón en la cesta me ayudará a pasar desapercibido.
Llego a la cola. Creo que me siguen. Están en la cola de al lado. No obstante, les llevo unas cuarentaysiete señorasdemedianaedad (medida de longitud utilizada para saber tu distancia en una cola de supermercado) de ventaja. Respiro aliviado.
Una única señorademedianaedad más y habré salido de este infierno. Pero, ¿qué pasa? ¡Diantre! ¡La señorademedianaedad es en realidad un agente enemigo llamado Wilson disfrazado de entrañable viejecita! ¡Y está usando la vieja táctica de "voy a ver si tengo los 67 euros con 49 en moneditas de céntimo" para dar tiempo a sus secuaces a que me sobrepasen por la otra caja y me intercepten! Tengo que actuar rápido. Muy astuta, señora, muy astuta, pero yo lo soy más. Una nueva caja se abre a mi derecha y antes de que la voz aflautada de la cajera puede terminar el "pasen por aquí por favor" de un salto de gacela me he plantado ahí y ya tengo incluso la bolsa de plástico abierta para ir guardando los artículos.
Abono mi compra y mientras firmo el recibo de la tarjeta de crédito dedico mi mejor sonrisa a Wilson, que me mira enfurecido desde detrás de sus ojos de octogenaria, me doy la vuelta y me dirijo a las escaleras mecánicas para abandonar el local.
Los peldaños de metal estriado se suceden unos tras otros al tiempo que el suelo de la planta de salida empieza a hacerse visible. – Vía libre, no hay moros en la costa – Pienso. Y aprieto el paso hacia la puerta.
Empujo la puerta de la calle con el píe y alguien me toca en el hombro. Sin dejar de sujetar la puerta con el pie, giro el cuello para divisar la sonrisa postiza del agente Wilson y los biceps de sus secuaces. Una pena de biceps, sí señor.
Consigo reponerme a tiempo como para darme cuenta de que a lo mejor sería una buena idea huir. Todavía maravillado por semejante epifanía logro cerrar la puerta de un golpe a tiempo para que, del impacto, la sonrisa de Wilson y la dentadura a la que va pegada salgan rodando hasta la sección de gafas de sol.
Emprendo la huida. Y hay que tener en cuenta que mis gráciles movimientos se ven levemente entorpecidos por tres bolsas de la compra que me dan un aire a la mula Francis con alforjas. No obstante, en este caso la calle es mi aliada. Si tan sólo consiguiese llegar a Montera! Nada más cruzo la esquina de la Rosa Negra sé que estoy a salvo, la agente Summers, disfrazada de prostituta rumana adicta al crack, me está esperando y yo consigo esconderme detrás de sus caderas. Así parapetado, logro alcanzar la seguridad de mi portal y finalmente llegar a la puerta de mi apartamento.
epílogo
Jadeando, Syal cierra la puerta tras de sí, deja caer las bolsas al suelo y, con la espalda contra la puerta, se deja resbalar hasta quedarse sentado en el suelo. Está maltrecho y tiene los brazos jalonados por un rosario de cardenales, pero también la sonrisa en la boca del guerrero que vuelve al hogar con provisiones suficientes para que su fam..., bueno, él mismo, sobreviva al duro invierno.