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El reloj de la torre dio las doce.

La emperatriz infantil se desperezó en su trono de nácar. Un bostezo indolente escapó de sus labios, un día delicados. Alargó un brazo hacía la botella de ginebra y cerró los ojos mientras sentía como el fuego incoloro le bajaba por la garganta, retrasando una vez más el fin del suave estado de sopor que la protegía de la realidad.

No necesitaba hacer el esfuerzo de levantar su cuerpo hasta alguna de las ventanas de la sala, ni era capaz de reunir la fuerza de voluntad suficiente para ello; sabía perfectamente que la cúspide de la torre de marfil se sostenía sobre un gran vacío, creciente como un tumor. Podía sentir ese mismo cáncer devorándola a través de su sueño de ginebra.

El tiempo le había arrebatado hasta el nombre: emperatriz infantil. Poco quedaba de infantil en su rostro ajado prematuramente, en aquellos brazos hechos de hueso. Ni territorio ni súbditos sobre los que ejercer su reinado. Sin embargo, el tiempo no había conseguido despojar sus movimientos de una cierta elegancia regia que asomaba bajo capas y capas de alcohol, y sus ojos aún conservaban el fuego de quien no renuncia a sus sueños.

Mientras el vacío negro se derramaba por los extremos de la sala, anegando la habitación en torno a ella, recordó por un momento lo cerca que estuvo de un nuevo comienzo. Dos mundos que por un breve instante, se tocaron.

Pero fue sólo un instante.

Su nuevo nombre nunca llegó a ser pronunciado. Los motivos no importaban ya.

Deslizó una mano entre sus piernas y se acarició el sexo, húmedo. Cerró los ojos y se abandonó al placer.

El orgasmo y la oscuridad la envolvieron al unísono.

En algún lugar, un adulto que una vez había sido un niño, ganaba dinero. Ajeno.

FIN

Comentarios

Sólo puedo decir una cosa:

M.A.G.I.S.T.R.A.L.

Más vale que Gala aprendiera a escribir estas cosas y no las mierdas a las que nos acostumbra...

El tema es, ¿por qué hay que leer, o tan solo citar, a Gala?

Hum....
¿Gala?

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